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  • Carlos Mar 2

    • Country: Cuba
    • Age:  1
    • Language:   Spanish
  • Curriculum

    y  con  un  grande  alboroto  de  pito
    s  y  timbales  daban  a  conocer  los 
    nuevos  inventos.  Primero  llevaron  el 
    imán.  Un  gitano  corpulento,  de 
    barba montaraz y manos de gorrión, qu
    e se presentó con el nombre de
    Melquiades,  hizo  una  truculenta  de
    mostración  pública  de  lo  que  él 
    mismo   llamaba   la   octava   maravilla
       de   los   sabios   alquimistas   de  
    Macedonia.  Fue  de  casa  en  casa 
    arrastrando  dos  lingotes  metálicos,  y 
    todo el mundo se espantó al ver que
    los calderos, las pailas, las tenazas
    y  los  anafes  se  caían  de  su  siti
    o,  y  las  maderas  crujían  por  la 
    desesperación de los clavos y los to
    rnillos tratando de desenclavarse, y
    aun los objetos perdidos desde hací
    a mucho tiempo aparecían por donde
    más  se  les  había  buscado,  y  se  arra
    straban  en  desbandada  turbulenta 
    detrás  de  los  fierros  mágicos  de  Me
    lquíades.  «Las  cosas,  tienen  vida 
    propia  -pregonaba  el  gitano  con  áspe
    ro  acento-,  todo  es  cuestión  de 
    despertarles   el   ánima.»   José   Ar
    cadio   Buendía,   cuya   desaforada  
    imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun
    más  allá  del  milagro  y  la  magia,  pensó  que  era  posible  servirse  de 
    aquella invención inútil para desentraña
    r el oro de la tierra. Melquíades,
    que era un hombre honrado, le previn
    o: «Para eso no sirve.» Pero José
    Arcadio Buendía no creía en aquel tiem
    po en la honradez de los gitanos,
    así  que  cambió  su  mulo  y  una  partid
    a  de  chivos  por  los  dos  lingotes 
    imantados.   Úrsula   Iguarán,   su   mujer,   que   contaba   con   aquellos  
    animales  para  ensanchar  el  desmedrado  patrimonio  doméstico,  no 
    consiguió disuadirlo.   su   marido.   Durante   varios   meses   se   empeñó   en  
    demostrar el acierto de sus conjetur
    as. Exploró palmo a palmo la región,
    inclusive  el  fondo  del  río,  arrastrando  los  dos  lingotes  de  hierro  y 
    recitando  en  voz  alta  el  conjuro  de  Melquíades.  Lo  único  que  logró 
    Para   esa   época,   Melquíades   había   envejecido   con   una   rapidez  
    asombrosa. En sus primeros viajes pa
    recía tener la misma edad de José
    Arcadio Buendia. Pero mientras éste
     conservaba su fuerza descomunal,
    que le permitía derribar un caballo ag
    arrándolo por las orejas, el gitano
    parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado
    de múltiples y raras enfermedades co
    ntraídas en sus in
    contables viajes
    alrededor  del  mundo.  Según  él  mism
    o  le  contó  a  José  Arcadio  Buendia 
    mientras lo ayudaba a montar el labora
    torio, la muerte lo seguía a todas
    partes,  husmeándole  los  pantalones,  pero  sin  decidirse  a  darle  el 
    zarpazo  final.  Era  un  fugitivo  de  cuantas  plagas  y  catástrofes  habían 
    flagelado  al  género  humano.  Sobrev
    ivió  a  la  pelagra  en  Persia,  al 
    escorbuto  en  el  archipiélago  de  Malasia,  a  la  lepra  en  Alejandría,  al 
    beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de
    Sicilia  y  a  un  naufragio  multitudinario
      en  el  estrecho  de  Magallanes. 
    Aquel  ser  prodigioso  que  decía  poseer
      las  claves  de  Nostradamus,  era 
    un hombre lúgubre, envuelto en un au
    ra triste, con una mirada asiática
    que  parecía  conocer  el  otro  lado  de  las  cosas.  Usaba  un  sombrero 
    grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de
    terciopelo  patinado  por  el  verdín  de  los  siglos.  Pero  a  pesar  de  su 
    inmensa  sabiduría  y  de  su  ámbito 
    misterioso,  tenía  un  peso  humano, 
    una  condición  terrestre  que  lo  mant
    enía  enredado  en  los  minúsculos 
    problemas de la vida cotidiana. Se qu
    ejaba de dolencias de viejo, sufría
    por los más insignificantes percances
    económicos y había dejado de reír
    desde  hacía  mucho  tiempo,  porque  el  escorbuto  le  había  arrancado  los 
    dientes. El sofocante mediodía en qu
    e reveló sus secretos, José Arcadio
    Buendía tuvo la certidumbre de que aq
    uél era el principio de una grande
    amistad. Los niños se asombraron co
    n sus relatos fantásticos. Aureliano,
    que  no  tenía  entonces  más  de  cinco 
    años,  había  de  recordarlo  por  el 
    resto  de  su  vida  como  lo  vio  aquella  tarde,  sentado  contra  la  claridad 
    metálica  y  reverberante  de  la  vent
    ana,  alumbrando  con  su  pro-funda 
    voz  de  órgano  los  territorios  más  os
    curos  de  la  imaginación,  mientras 
    chorreaba por sus sienes la grasa derret
    ida por el calor. José Arcadio, su
    hermano  mayor,  había  de  transmitir  aquella  imagen  maravillosa,  como 
    un  recuerdo  hereditario,  a  toda  su  descendencia.  Úrsula,  en  cambio, 
    conservó un mal recuerdo de aquella vi
    sita, porque entró al cuarto en el
    momento  en  que  Melquíades  rompió
      por  distracción  un  frasco  de 
    bicloruro de mercurio. 

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